
Con motivo de sus 41 años de sacerdocio, conversamos con el Padre Mariano Irureta Uriarte sobre su trayectoria pastoral, su historia familiar, su devoción a San José, la huella del Movimiento de Schoenstatt y el impacto de su labor en nuestra parroquia.
¿Qué han significado para usted estos 41 años de sacerdocio?
“Cuando miro hacia atrás, lo primero que veo es la fidelidad de Dios, que quiso servirse de un instrumento pobre: “Llevamos este tesoro en vasijas de barro” (2 Cor 4,7).
Estos 41 años han sido, ante todo, una experiencia de pura misericordia. Mi sacerdocio ha sido una historia de Alianza de Amor con Jesucristo. Desde la primera
hora, la Santísima Virgen me tomó de la mano y me ancló en el corazón sacerdotal de su Hijo; y nunca me ha soltado.
He conocido alegrías inmensas: bautizar, absolver, celebrar la Eucaristía cada día, acompañar a los que sufren, ayudar a tantos a descubrir el rostro misericordioso de Dios. También he pasado por horas de desierto, porque ningún sacerdocio verdadero se libra de la cruz. Pero si tuviera que resumirlo todo en una sola palabra, sería esta: ¡gratitud! Volvería a decir que sí mil veces”.
Usted habla con frecuencia en sus homilías de sus padres, abuelos y familia, y de lo vitales que fueron para su fe ¿Cómo influyeron en usted?
“Puedo decir que aprendí a rezar antes de aprender a leer, y eso se lo debo a mi familia.
La fe no me llegó primero por libros ni por argumentos: me llegó por el testimonio silencioso del hogar. El rosario rezado en familia, la presencia de la Santísima Virgen en la casa, el amor de mis padres a la Iglesia, la fe eucarística de mis abuelos, la preocupación concreta y solidaria por los más pobres.
Mis padres me enseñaron que Dios no es una idea, sino una Presencia que acompaña siempre; Alguien que habita la casa y fortalece los vínculos de la familia.
Mis abuelos me mostraron una fe sencilla, eucarística y mariana, que mira al cielo y que se transmite más por la vida que por las palabras. Por eso insisto tanto en mis homilías: la familia es el primer santuario, la primera escuela del Evangelio.
El Papa León XIV nos lo recordaba en la Jornada Mundial de los Abuelos con aquella palabra de Isaías: “Yo no te olvidaré” (Isaías, 49, 15)”.
¿Hubo algún hecho puntual que lo motivara a entrar al seminario?
“Más que un rayo repentino, fue una voz suave que se fue haciendo cada vez más insistente. Pero sí hubo un momento decisivo: el encuentro con María Santísima y la Alianza de Amor que sellé en el Santuario de Schoenstatt de Bellavista, en La Florida, en 1975.
Junto a Ella fui comprendiendo que el Señor no me pedía algo: me lo pedía todo. Y que dárselo no era perder la vida, sino encontrarla. Lo demás fue dejarme conducir por la Providencia de Dios”.
Usted es un gran devoto de San José. ¿Por qué razón?
“Porque San José es el patrono de la vida interior, el santo del silencio fecundo. En el Evangelio no se le conoce ni una sola palabra y, sin embargo, sostuvo con sus manos al Verbo de Dios. Es el hombre justo que cree sin ver, que trabaja sin figurar, que custodia sin poseer.
Para un sacerdote es un espejo perfecto: como José, estamos llamados a llevar a Jesús en brazos —en la Eucaristía, en los sagrarios, en los pobres— sin ponernos nosotros al centro. En la escuela de Schoenstatt aprendí, además, a mirarlo siempre
junto a la Santísima Virgen: donde está María, ahí está José custodiando. Él comprendió desde el principio que todo lo que sucedía en María era obra del Espíritu Santo.
A San José le confío la parroquia, la Capellanía de La Moneda y la hora de la muerte de tantos que acompaño en su partida; y también la mía, porque él es el patrono de la buena muerte”.
¿Qué ha significado celebrar este aniversario sacerdotal en la Parroquia San Juan Apóstol, y cómo han sido estos meses de trabajo?
“Una gracia inmerecida. San Juan es el discípulo amado: el que recostó la cabeza en el pecho del Señor y el que recibió a María como Madre en su casa. No puedo imaginar mejor patrono para celebrar 41 años de sacerdocio.
Estos meses han sido intensos y fecundos. La vida parroquial está viva: la catequesis, los talleres, los proyectos pastorales, las familias, los equipos que trabajan con tanta generosidad.
Yo me siento sostenido por esta comunidad. Celebrar aquí el aniversario me da la oportunidad de agradecer juntos, porque el sacerdote no es nada sin el Pueblo de Dios, a quien sirve desinteresadamente y a quien se entrega sin límites. Esta porción del Pueblo de Dios que es San Juan Apóstol me ha hecho mucho bien”.
¿Por qué decidió entrar a Schoenstatt?
“Porque en Schoenstatt encontré, en mi juventud, una Iglesia viva que es Familia, un Santuario que es hogar para todos, una Madre que me conduce al Cristo vivo y una vida que se hace testimonio y misión en medio del mundo. Me cautivó la Alianza de Amor con María —Totus Tuus—, que me regaló la certeza de que la santidad no es una hazaña solitaria, sino un pacto de amor con María, sellado en un Santuario concreto, vivido en comunión con otros y tejido en la vida diaria, ofrecida y solidaria con los más necesitados.
El Santuario me cautivó desde el comienzo como lugar de acogida, de transformación y de envío. Dios conduce por caminos ordinarios hacia metas extraordinarias, y yo puedo dar testimonio de que es verdad: todo lo que soy como sacerdote pasó por el Santuario, pasa por la Alianza de Amor con María”.
¡Los invitamos a celebrar juntos al padre Mariano!
Para dar gracias a Dios por su vocación y acompañarlo en este día tan especial, invitamos a todos a la santa misa:
Al finalizar la eucaristía compartiremos un pedazo de torta junto al Padre Mariano.
¡Los esperamos!
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