Al centro, está el Cordero sentado en un trono, que es Cristo mismo resucitado. De su costado abierto brota sangre y agua que se convierten en un torrentoso río de la vida. Este río es la liturgia de la Iglesia en la cual la humanidad participa de la salvación de Cristo.
A los lados del Cordero aparecen contemplándolo los apóstoles y dos ángeles con las trompetas del apocalipsis, quienes ya gozan de la salvación de Cristo. Todos ellos están bajo un cielo estrellado y son presididos por el alfa y la omega, que significan que Cristo es el principio y el fin de todo. A un costado del río aparece la Jerusalén celestial, descrita por san Juan como una ciudad transparente y gloriosa.
Al otro lado del río, sin poder penetrar en él y arrinconado, aparece el dragón de las siete cabezas, que es vencido por la mujer embarazada a punto de dar a luz a su hijo. Este dragón simboliza el demonio y nuestro pecado, y nos recuerda que está presente en nuestra vida, pero en Cristo es siempre derrotado.
La realización del mosaico fue obra de 50 feligreses que formaron el taller “Maranatha” (que en arameo significa ¡r Nuestro, Ven!) que tuvo como pilares la oración, la experiencia comunitaria y el trabajo de la técnica del mosaico.
La dimensión artística de este proyecto estuvo a cargo de Francisca Claro, y la dimensión espiritual de Marcela Cortés. Ellas guiaron con paciencia y sabiduría a un grupo de cincuenta personas, principalmente mujeres, a través de la oración y la lectio divina, en el trabajo de selección y en el quiebre de cada piedra para convertirlas en una obra de arte. Un trabajo que encierra perseverancia, mucha dedicación, renuncia, humildad, oración y gran entrega.
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