
Cuidarnos unos a otros: una tarea que nace del amor
En su homilía del domingo 6 de septiembre, el Padre Mariano Irureta nos invitó a mirar nuestras relaciones con una pregunta fundamental: ¿somos capaces de cuidar verdaderamente a nuestros hermanos?
La corrección, el diálogo y el reconocimiento pueden convertirse en caminos concretos para vivir el amor cristiano.
“¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”. Con esta pregunta que Dios dirige a Caín, el Padre Mariano Irureta inició una reflexión que toca de cerca nuestra vida cotidiana. Frente a la tentación de desentendernos de los demás, el Evangelio nos recuerda que sí somos responsables unos de otros: estamos llamados a cuidar, acompañar y preocuparnos por el camino y la salvación de nuestros hermanos.
A partir del capítulo 18 del Evangelio de San Mateo, el Padre Mariano destacó que una verdadera comunidad cristiana se construye también cuando sus miembros son capaces de corregirse porque se quieren.
Pero corregir no significa condenar. La corrección cristiana busca siempre “ganar al hermano”, ayudarlo a recuperar su dignidad y acompañarlo en su camino. Por eso, antes de corregir a otro, el sacerdote invitó a mirarnos a nosotros mismos, reconociendo que muchas veces aquello que nos molesta en los demás también está presente en nuestra propia vida. El otro puede convertirse en un espejo que nos ayuda a descubrir aquello que necesitamos transformar.
También llamó a distinguir entre una verdadera falta y aquellas diferencias que simplemente nacen de tener caracteres distintos. No todo lo que nos incomoda en otra persona es necesariamente un defecto. Para corregir, entonces, necesitamos calma, oración y paz en el corazón, además de buscar el momento adecuado y una conversación que permita realmente ayudar al otro.
El valor de elogiar y agradecer
Uno de los llamados más significativos de la homilía fue a recuperar algo que muchas veces olvidamos: el elogio y la gratitud. El Padre Mariano invitó a preguntarnos cuántas veces durante la semana hemos corregido a alguien y cuántas veces, en cambio, hemos reconocido y valorado aquello que hace bien.
“El aprecio abre la puerta del corazón”, recordó. Y es precisamente por esa puerta por donde también puede entrar una corrección. En la familia, en el trabajo y en nuestras comunidades, no basta con señalar constantemente lo que está mal. También necesitamos decirle al otro que valoramos su entrega, su generosidad, su servicio y todo aquello que hace bien.
Una palabra de reconocimiento puede dejar una huella profunda. Muchas personas crecen sin haber escuchado de sus padres, de sus amigos o de quienes las rodean cuánto se valora lo que hacen. Por eso, aprender a agradecer y elogiar no es un detalle menor: es una forma concreta de construir relaciones más sanas y profundamente cristianas.
Tiempo, ternura, tono, tacto y tino (las 5 T)
Hacia el final de su reflexión, el Padre Mariano entregó una pauta sencilla y concreta para aquellas conversaciones en las que necesitamos decirle algo a otra persona. No basta con tener algo verdadero que decir; también importa mucho cómo, cuándo y desde dónde lo decimos.
Tiempo: hay que buscar el momento adecuado. No cualquier instante es bueno para corregir. Es necesario esperar un momento especial, en el que el otro pueda escuchar y nosotros podamos hablar con serenidad.
Ternura: la corrección debe estar marcada por el amor y el cuidado. No se trata de descargar nuestra molestia, sino de acercarnos al otro buscando realmente su bien.
Tono: las mismas palabras pueden producir efectos muy distintos dependiendo de cómo las digamos. El tono puede abrir una conversación o cerrarla inmediatamente. Por eso, es necesario cuidar la manera en que hablamos, evitando la agresividad.
Tacto: debemos saber acercarnos al otro con delicadeza, considerando sus circunstancias, su historia y aquello que puede estar viviendo. Corregir no significa pasar por encima de la persona.
Tino: finalmente, necesitamos prudencia y sabiduría para saber qué decir, cuánto decir y cuándo detenernos. El objetivo no es tener la razón ni imponernos, sino ayudar al hermano a crecer.
Esta mirada nos recuerda que una corrección hecha sin amor puede herir, mientras que una palabra dicha con verdad y caridad puede convertirse en una oportunidad de crecimiento y de encuentro.
También necesitamos aprender a dejarnos corregir
La otra cara de esta reflexión es igualmente desafiante: saber recibir una corrección. El Padre Mariano destacó que la verdadera estatura de una persona también se manifiesta en su capacidad de escuchar una observación con humildad y responder: “Tenías razón. Gracias por decírmelo. No me había dado cuenta”.
Corregir y dejarse corregir son, así, dos expresiones de un mismo amor. Una comunidad madura no es aquella donde nunca existen diferencias o errores, sino aquella donde sus miembros pueden hablar con verdad, humildad y caridad, buscando siempre el bien del otro.
Por eso, al finalizar su homilía, el Padre Mariano propuso una tarea sencilla y concreta para esta semana: hacer un elogio sincero a alguien de nuestra casa, mirándolo a los ojos y expresándole nuestro reconocimiento. Y, si el amor lo pide, tener también esa conversación pendiente, pero preparándonos primero con una oración y buscando el momento adecuado, con ternura, paz y cuidado en el tono.
Una invitación sencilla que puede transformar nuestras relaciones: aprender a mirar al otro no desde la crítica, sino desde el amor; no para condenarlo, sino para ayudarlo a crecer; y no olvidarnos nunca de decirle también cuánto valoramos el bien que hace.
Misa domingo 6 de septiembre
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