
El padre Mariano comenzó su homilía recordando los puntos centrales de los Evangelios de los tres últimos domingos, en los que la imagen de la viña ha acompañado la Palabra de Dios. A través de ella, explicó, Jesús nos ha ido revelando distintos rasgos de Dios: primero, su generosidad, al invitar a todos a trabajar en la viña; luego, su esperanza, al aguardar nuestro “sí” fiel y permanente, a ejemplo de la Santísima Virgen; y este domingo, su paciencia, esperando que la viña, a su tiempo, dé los frutos esperados.
A partir del hermoso canto de la viña del profeta Isaías, el sacerdote se detuvo en una imagen muy gráfica: los agrazones, aquellas uvas que parecen estar listas, pero que al probarlas todavía están verdes y ácidas. “Es el fruto que todavía no ha madurado”, explicó. Algo semejante puede sucedernos a nosotros: “La madurez humana y cristiana no llega solo por los años, sino que se va construyendo”. También nuestra fe necesita crecer y profundizarse, porque “una fe que al no crecer, decrece”. Una fe permanece inmadura cuando se queda únicamente en lo formal y no llega a transformarse en confianza verdadera en Dios.
La parábola también nos recuerda que no somos dueños de la viña, sino administradores. Los labradores olvidaron que aquello que trabajaban les había sido confiado y terminaron comportándose como propietarios. “Todos hemos sido hechos administradores de los bienes y de los dones que Dios nos ha dado. Y lo que se le pide al administrador es que sea fiel”, señaló. Para explicarlo, relató la historia de un anciano que plantaba un árbol cuyos frutos probablemente nunca alcanzaría a comer. “Cuando nací encontré el mundo lleno de algarrobos. Otros los plantaron para mí. Yo planto para los que vienen”. Para el padre Mariano, “eso es madurez: sembrar lo que uno no va a cosechar”. Y añadió: “La fe que alguien nos transmitió. El país que otros levantaron. La parroquia que otros sostuvieron. El amor que recibimos sin merecerlo”.
En octubre, mes de la familia y del Santo Rosario, esta viña adquiere un significado especialmente cercano. Los verbos utilizados por Isaías, explicó, pueden convertirse en “un verdadero programa para toda familia, para todo hogar”. Cavar es dedicar tiempo, porque “no hay familia que madure sin mesa y sin conversación”; quitar las piedras es reconocer aquello que dificulta el encuentro: “el grito habitual, el rencor guardado, la pantalla que se interpone”. Y entonces lanzó una frase que interpela nuestra vida cotidiana: “Hay familias que se escriben más por WhatsApp desde la pieza de al lado de lo que se hablan en la mesa”. Una invitación muy concreta a recuperar el encuentro, mirarnos, escucharnos y volver a conversar en familia.
Cultivar la viña familiar también significa sembrar. “Plantar cepas escogidas” es cultivar “la fe, la oración, la palabra bien dada, el respeto que está antes que todo amor, el servicio”. Pero en una familia cristiana también debe existir espacio para la alegría, la celebración y el agradecimiento. Por eso, el Padre Mariano dejó otra pregunta sencilla y profundamente familiar: “¿Cuándo fue la última vez que nos reímos a carcajadas en nuestra familia?”.
Porque es precisamente en el hogar donde comienza el aprendizaje de la vida y de la fe. “La familia es la primera escuela de madurez”, recordó. “Un niño aprende a esperar viendo a sus papás esperar; a pedir perdón viéndolos pedir perdón; a rezar viéndolos rezar”. Y lo resumió en una frase especialmente significativa: “Los hijos no maduran con nuestros discursos, sino con nuestra presencia y testimonio”. Los padres tampoco son dueños de sus hijos, añadió, sino sus “viñadores”: los reciben para cuidarlos y acompañarlos hasta entregarlos “a Dios y a la vida maduros y libres”.
Y como octubre es también el mes de las misiones, la viña familiar está llamada a abrir sus puertas. “Una familia madura es una familia misionera”, afirmó. La misión comienza en la propia casa, “cuando la fe se respira en la mesa y los hijos descubren que Dios es alguien vivo”, pero luego se extiende al vecino que está solo, a la familia que atraviesa un momento difícil y a quienes necesitan nuestra oración y cercanía. “Una familia que solo se cuida a sí misma termina siendo una familia agraz”.
Al finalizar, el padre Mariano recordó que la santidad tampoco se construye con grandes gestos extraordinarios, sino con “pequeños y fieles sí”: “la paciencia con un hijo, la palabra amable que cuesta, la oración de cinco minutos”. Y dejó una pregunta para cada uno y para cada familia: “El dueño de la Viña se acerca con dulzura y nos pregunta ¿Qué fruto me están dando? ¿Uvas maduras o agrazones?. En este mes del Rosario, invitó a confiar ese camino a la Virgen María: “Cada Ave María es como un grano que madura al sol bajo la mirada de María. Que ella, Reina de las Familias y Reina de las Misiones, nos enseñe a hacer de cada hogar una pequeña viña de Nazaret y a ofrecer, a su tiempo, uvas dulces para el vino del Señor”, concluyó.
© 2026 Parroquia San Juan Apóstol. Todos Los Derechos Reservados. Desarrollado por M&C Gestión Digital