
Con su característico estilo cercano, el padre Mariano Irureta advirtió sobre el peligro de vivir una fe fragmentada. “Tenemos una moneda para la familia, una moneda para la Iglesia, una moneda para el trabajo”, expresó durante su homilía de este domingo 18 de octubre en la Parroquia San Juan Apóstol de Vitacura, invitando a preguntarnos si somos las mismas personas dentro y fuera del templo. “El cristiano maduro tiene una sola moneda”, afirmó, explicando que la fe no puede limitarse a la celebración dominical, sino que debe manifestarse también en el matrimonio, el trabajo, los negocios y las relaciones cotidianas.
Al explicar el conocido pasaje “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, el padre Mariano se detuvo en un detalle: la moneda que llevaba grabada la imagen del emperador. A partir de ella, propuso una hermosa comparación: así como aquella moneda pertenecía al César, cada persona lleva grabada la imagen de Dios. “Nosotros somos esa moneda de Dios que está en circulación por el mundo en Cristo Jesús”, señaló, recordando que nuestra dignidad nace de ser hijos de Dios y que estamos llamados a reflejar su rostro en cada ámbito de nuestra vida. Reconoció, además, que esa moneda puede desgastarse por las mentiras, el rencor y la falta de caridad, pero recordó que Dios vuelve a pulirla mediante la oración y los sacramentos.
La homilía también abordó una dimensión concreta y poco habitual de la caridad cristiana: el pago responsable de los impuestos. El padre Mariano recordó que, al cumplir con esta obligación, contribuimos al bienestar de personas que probablemente nunca conoceremos: enfermos atendidos en hospitales públicos, niños que reciben educación y adultos mayores que cuentan con una pensión. “El impuesto es la forma más anónima de amar al prójimo. Es una caridad sin rostro”, expresó. Asimismo, subrayó que esta responsabilidad exige reciprocidad: los ciudadanos deben contribuir justamente y las autoridades tienen el deber moral de administrar los recursos con honestidad, equidad y sin corrupción.
En el contexto del Domingo Mundial de las Misiones, el párroco propuso tres gestos concretos para vivir durante la semana: devolver a Dios aquello que todavía nos reservamos, ser personas de una sola moneda y dejar circular esa moneda que somos nosotros. En este último punto destacó el sentido de la colecta misionera, que permite colaborar con las comunidades eclesiales más necesitadas del mundo. Invitó también a incorporar en el examen de conciencia nuestras responsabilidades con la comunidad y a rezar por las autoridades del país.
Finalmente, el padre Mariano dirigió la mirada hacia la Santísima Virgen María, a quien presentó como el ejemplo perfecto de una vida enteramente entregada a Dios y como la primera misionera, que apenas recibió a Cristo salió al encuentro de su prima Isabel. Para concluir, recordó que existe también otra inscripción, mucho más profunda: la que Dios lleva de cada uno de nosotros. “Te llevo grabado en la palma de mis manos”, expresó, invitando a contemplar a Cristo crucificado y descubrir que allí, en sus manos, están grabados nuestros nombres y toda nuestra historia. Somos la moneda de Dios que lleva la imagen de Cristo, pero también somos aquellos cuya imagen Dios lleva grabada para siempre en sus manos.
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