
Hoy domingo 1 de noviembre, Solemnidad de Todos los Santos, el padre Mariano Irureta recordó en su homilía dos realidades que, según explicó, están profundamente unidas. La primera es la multitud inmensa de santos que habitan el cielo. No se trata solo de los santos canonizados, sino de todos aquellos que han llegado a la casa del Padre y que, como describe el Apocalipsis, revestidos con túnicas blancas lavadas en la sangre de Cristo, alaban y glorifican a Dios. La segunda nos toca a todos sin excepción: la santidad es el sentido de la vida de todo cristiano. “Todos estamos llamados a ser santos, según sea nuestra vocación y nuestro camino”, afirmó.
Hijos en el Hijo
El padre Mariano subrayó que Dios, que es santo, nos santificó por el bautismo y nos regaló el contenido central de nuestra fe, que nunca debemos olvidar: la filiación divina. “Somos hijos adoptivos de Dios, participamos de la naturaleza divina, somos hijos en el Hijo, que es Cristo Jesús”. Recordó que esa era también la verdad que anunciaba una y otra vez San Juan, el discípulo amado y santo patrono de la parroquia.
Todo hijo tiene derecho al amor del Padre, un amor siempre gratuito, misericordioso y pleno. Y eso no cambia aunque nos hayamos portado mal. “El Padre no se porta mal”, dijo. Nuestro pecado es como un vidrio empañado que no nos deja ver ese amor, pero el amor del Padre es ilimitado y fiel.
Un anhelo de cielo
De ese amor nace, como en todo hijo verdadero, el anhelo de volver a encontrarse con el Padre. Por eso estamos de paso, también en medio de las cruces y dificultades, caminando hacia Él. Ese anhelo de cielo nos impulsa a que nuestra vida diaria tenga “sabor de cielo” y sea una antesala del encuentro con Cristo. Para eso nos alimentan la Eucaristía, que nos hace partícipes del pan del cielo, la oración y el amor entre unos y otros.
En la santidad, explicó, también se juega nuestra felicidad: “Dios nos dice: yo te quiero feliz, por eso te quiero santo”. Ese camino está trazado en las Bienaventuranzas proclamadas en el Evangelio: la misericordia, la pobreza, la paz, la justicia y la pureza de corazón. Recordó que al Papa Francisco le gustaba describirlas como una radiografía del cielo.
Nadie nace santo
“Nadie nace santo”, insistió. Todos los santos se fueron santificando porque decidieron dejarse transformar poco a poco por la gracia. Por eso invitó a salir de la misa con una decisión clara: “Yo quiero ser santo”, para vivir como hijos amados de Dios y construir nuestra tierra como un pedazo de cielo.
Agregó que la santidad es comunitaria y familiar, porque el amor es contagioso. Los santos nunca aparecen solos en la historia. Cerca de nosotros tenemos a San Alberto Hurtado y a Santa Teresa de los Andes, y Santa Teresa de Jesús estuvo rodeada de santos como San Ignacio y San Juan de la Cruz. Además, hay muchos santos anónimos que viven entre nosotros.
Invitó a cada uno a elegir un santo de quien aprender y a quien tener como intercesor y apoyo. Él compartió los suyos: San José y, desde marzo, cuando llegó a la parroquia, San Juan, el discípulo amado.
No disfrazarnos de muertos
Al finalizar, hizo referencia a la noche anterior, cuando parte de Chile se disfrazó de brujas, zombis o calaveras. La Iglesia propone lo contrario: no disfrazarnos de muertos, sino parecernos cada vez más a los santos y a su vida luminosa, llena de Dios. Ellos enfrentaron los mismos problemas que nosotros, y a veces otros más grandes, y respondieron con los mismos medios que hoy tenemos: los sacramentos, la Eucaristía, la oración y la confesión. Con la ayuda de María, Reina de todos los santos, nos invitó a no olvidar que “Dios te quiere feliz, y por eso Dios te quiere santo”.
Nuestros seres queridos que han partifo
Durante la celebración se dispuso un copón para que los fieles pudieran depositar los nombres de sus seres queridos difuntos y encomendarlos en las intenciones de la misa. Fue un gesto especialmente significativo en la víspera de la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos, que la Iglesia celebra este lunes 2 de noviembre.
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